Desde hace años, por mi trabajo, estoy de cara al público, cosa que siempre me gustó. Me atraen las historias personales que, por casualidad, me cuentan (no por puro cotilleo), ya que me llama la atención en una misma situación cómo cada persona puede llegar a afrontar los problemas en su momento. Yo me pregunto: ¿En qué medida nos dirigen, o dirigimos, nuestro destino?
Inés era clienta asidua de mi establecimiento y, poco a poco, creció la confianza entre nosotras; así fue contándome parte de su vida. Fui viviendo la historia con el día a día, me impresionó tanto que me prometí escribir un relato. A mi manera... Así comienza:

Reni, joven de veinte años, acostumbrada a la vida nocturna desde muy niña, residía en una localidad costera donde el turismo alcanza un alto porcentaje de la población.
La noche era para ella (como para gran cantidad de chicas/os de su misma edad) algo mágica y atrevida. Se confundía entre las sombras de las calles estrechas y largas, o con las luces intermitentes de cualquier discoteca. Las primeras veces que acudió a esos lugares, apenas tenía catorce años. Los guardias de seguridad se le quedaban mirando de arriba abajo sin querer dejarla pasar, pero ella cada vez se las ingeniaba de diferente forma y, al final, entraba.
Antes de salir de casa se aprovisionaba de zapatos altísimos, pintalabios rojo fuerte, un recogido en el pelo que le hacia ser mayor y algo muy importante: unas hombreras que hacían las veces de relleno ya que tenía sus pechos demasiado pequeños.
Inés, su madre antes de salir le decía:
-¿Qué llevas en esa bolsa, Reni?
- Mamá , me llevo el pijama. Sabes que, si se me hace tarde, me quedo en casa de Eva.
- Esta hija mía… -decía mientras movía la cabeza de un lado a otro. Al final optaba por no preocuparse, de todas formas siempre se salía con la suya.
Cada vez se iba haciendo más independiente y adentrándose en un mundo de mayores y, cuando aún no había cumplido los diecisiete años, parecía haber vivido toda una vida. A esa edad había salido con varios chicos, pero nada serio.
A los dieciocho conoció a un joven con el que se veía muy a menudo. A primera vista, parecía que no fuera español (y no es que tuviera importancia, para su madre era una observación): alto, extremadamente delgado, rubio de ojos azules pequeños y visiblemente hundidos, barba muy larga y espesa (con lo que escondía la delgadez de su rostro), manos de finos dedos que, al mirarlas, recuerdan las de un esqueleto.
Reni se iba olvidando de las discotecas y amigas, pero seguía los mismos horarios fuera de casa; sólo la veían en la comida, salía a media tarde, y hasta la madrugada.
Inés por una parte se sentía más tranquila al ver a su hija con una sola persona pero, por otro lado, le preocupaba no saber nada de aquel joven, así que decidió poner manos a la obra e indagar donde fuera preciso.