15.10.09

Amapola

Amapola, entre el trigo
deslumbras por tu belleza,
tu rojo de ardiente sangre
junto a un negro de tristeza.

Tu savia es veneno puro
circulando por tus venas,
ese negro de misterio
de las mentes se apodera.

En medio del trigo,
te encuentras sola,
meciéndote al ondear
que hacen sus olas.

Naturaleza del campo,
adormidera de sombras,
disfrazada entre el trigo

creciste, amapola.

2.10.09

Quedó su espacio vacío

Quedó su espacio vacío,
su olor desierto,
la mudez de sus palabras
en mis oídos.

Quedó triste el alma
mirando al infinito,
huyó en el aire,
flotaron los recuerdos.

Demente el corazón,
adormecido.

27.9.09

Ansiada libertad

En tremenda agonía despertó
esa mujer que nunca fue amada,
tomó su decisión desesperada,
a preguntas tan profundas contestó.

Entre aquella incertidumbre amaneció,
en sutil y amarga madrugada,
esa libertad tan ansiada,
tras años de violencia y alcohol.

Un café que en veneno se volvió,
una llave que abierta se dejaba
para ese ruin que nunca cambió:

gas que lentamente liberaba,
funesto desenlace, le alivió;

hoy una nueva vida empezaba.

22.9.09

Ahora

Ahora, que aún te tengo,
sería el momento,
aprovechar cada segundo
sin perder el tiempo.

Ahora, que tu calor siento,
con mis ojos te veo,
tu perfume huelo.

Ahora, que todo está quieto,
¡quién sabe si mañana
seremos recuerdo!.

Por eso, sólo por eso,
quiero disfrutar ahora,
porque ahora te tengo.

17.9.09

Te vas

Te vas...
Con el crepúsculo, desapareces,
si avisar, como llegaste,
y sigues tu curso
buscando otras tierras,
otros mundos.

Te vas...
a media tarde,
sin saber de mis miedos,
noches en tinieblas,
frío y soledades.

Necesito el color de tus brazos,
la tibieza con que vuelves
en leve susurro.

La mirada sumerjo en los mares
y sigo esperando...
a que marches.

29.8.09

Reni (8ª parte y última)

Cuando a Reni y a Fabián se les pasó aquella cogorza, no sabían ni dónde ir ni qué hacer; no recordaban nada. Iban a salir cuando llegaba Inés que, encolerizada, no se lo pensó dos veces y le soltó tal bofetada a su hija, que cayó al suelo, y a él, cogiéndole por los brazos, le arreó una patada allí donde más podía doler. Esa fue toda su “conversación”. Sólo cuando se disponía a bajar las escaleras, se volvió para decirles:
– Si queréis saber dónde está vuestra hija, preguntad en los Servicios Sociales – y se fue.
Ellos ya sabían lo que eso significaba, tendrían que armarse de valor. Decidieron ir, pero antes deberían tomar una copa, según ellos “les hacía falta” pero, como siempre, después de una, vino la otra y la otra, olvidando lo que habían pensado hacer.
Inés quiso hacerse cargo de la pequeña Sandra pero no se lo permitían ya que tenía a Álvaro. La única solución posible era la rehabilitación de la madre y temía que eso era imposible si su hija no se concienciaba de una vez por todas. Lo más grave era que ni siquiera la dejaban ver, por muchas puertas a las que llamó.
Sandra fue entregada a una familia en régimen de acogida, con derecho a adopción. Cada vez se complicaba más aquella situación, ya que Reni pronto se dio por vencida e Inés legalmente no podía mover absolutamente nada.
Después de muchas súplicas, Inés pudo ver a la pequeña, pero con vigilancia, en el Centro Social y sin darle ningún dato de su paradero.
Así fue como Reni hizo perder todo derecho sobre su hija, abandonando toda lucha por recuperarla y se fue hundiendo cada vez más en el barro.
Un día, muy de mañana, se oyeron sirenas de ambulancias y policías. A Inés, como tantas otras veces, se le oprimió el pecho pero pensó: “Ya empiezan las sirenas, como siempre”. Al rato llamaron a la puerta y, al abrir y ver a un vecino acompañando a un policía, de nuevo su corazón le puso en aviso. La voz de aquél hombre pareció oírla desde el fondo de un pozo:
- Siento tener que darle tan tremenda noticia: Su hija se ha quitado la vida arrojándose por el balcón.
Fue lo último que escuchó antes de desplomarse en el suelo. Al despertar, maldijo una y mil veces los pensamientos que tiempo atrás tuvo en un arrebato de impotencia: “¡Dios mío llévatela y líbrala de todo este sufrimiento o haz que vuelva a ser como era antes¡”. Sus súplicas fueron escuchadas, pero su hija se había ido por el camino más rápido.
Se sentía tremendamente culpable pero, a la vez, aliviada porque lo que tantas veces había intentado, por fin lo consiguió: irse con Adriano, el amor de su vida. Pero... ¡cuánto dolor había dejado tras de sí!
Después de un tiempo, por casualidad, me encontré con Inés en la cola de un banco y estuvimos largo rato hablando del fatal desenlace y de cómo le era imposible quitarse aquél vestido negro; lo intentó mil veces pero fue incapaz.
Entre otras desgracias, le había dado un amago de infarto y, por esos días, estaba en trámites de separación y de la venta del piso.
Según me dijo, quería irse a Alicante. Sería como un borrón y cuenta nueva, algo imposible, pero le hice prometer que la próxima vez que la viera, no llevaría vestido negro. Y así fue, la siguiente llevaba un vestido estampado en tonos marrones.
Desde entonces, hace al menos cuatro años, no he vuelto a verla.

16.8.09

RENI (7ª parte)

Dos días más tarde, Reni se presentó en el hospital con el padre de la niña, firmó el alta y se la llevó. Según le dijeron a Inés, habían alquilado un piso cerca de ella; querían vivir su vida. Alguna tarde los veía pasear desde la terraza donde ella se sentaba a tomar café, otras veces se la llevaban para salir solos por las noches.
Con cinco meses, Sandra era una niña muy despierta y preciosa: ojos azules muy abiertos, melenita rubia y labios rojos que rebosaban salud. Ella la paseaba orgullosa diciendo a todos la nieta tan linda que tenía.
Unos meses más tarde, Inés subió al autobús (siempre acompañaba a Álvaro a los partidos de fútbol) y notó como, al verla, las madres de los otros chicos cambiaban de conversación. Ella, sin pensarlo dos veces, preguntó:
- ¿Qué pasa? ¿Por qué os calláis?
Una de ellas dijo:
- Pues verás, creo que debes saberlo cuanto antes: Anoche estaba tu hija y su compañero, demasiado tarde, con la niña en un bar de copas y no iban muy bien que digamos.
Inés tenía por costumbre salir a la terraza después de cenar a fumarse un cigarrillo. Vió pasar a un joven con un cochecito “Mi Sandra, ¿qué será de ella?”. Llamaron al telefonillo y, como siempre, se sobresaltó:
- ¿Si, quien es?
- Pregunto por Inés ¿Puede bajar por favor?
Al verlo sabía que lo conocía pero no sabía de qué.
- ¿Es usted la madre de Reni? –Preguntó-.
- Si –contestó al tiempo que lloró el bebé y, al mirarlo, se dio cuenta de que era su nieta- ¿Qué pasa?
Era como si su corazón le estuviera avisando de que algo grave se avecinaba. Se acercó a ver aquella criatura, por un momento creyó que su corazón no iba a resistir. Antes de que abriera la boca para preguntar algo, el hombre le dijo que la había encontrado entre dos coches llorando. Al no ver a nadie alrededor, no sabía qué hacer, pero encontró entre unos documentos su dirección; por eso no fue antes a la policía.
- Si, es mi nieta. No se preocupe, me hago cargo. No se como agradecerle su interés... Gracias, muchas gracias.
Cuando aquel hombre se fue, Inés no podía pensar, andar, o decidir qué hacer; quedó inmóvil, como una estatua.
Subió llevando el cochecito, aun sabiendo que aquello le costaría una gran discusión con su marido. “Como si yo fuera la culpable” pensó mientras apretaba a la pequeña contra sí.
Ya sabía que a su hija no tenía que buscarla, cuando no tuviera dinero, aparecería. Así fue, pero antes de lo que imaginaba porque, de madrugada, llamó a la puerta enloquecida:
– ¡Me han quitado a mi hija! –decía, y con sus gritos no oía el llanto que salía de una de las habitaciones.
Después armar un escándalo monstruoso, del que tomaron parte hasta los vecinos, Reni consiguió llevársela nuevamente a seguir su camino; difícil camino a caballo entre los sentimientos de una madre y el poder que ejercía en ella las diversas adiciones: una lucha diaria entre dos mundos.
En varias semanas, nada supieron de ellas, madre e hija, pero Inés dejaba correr el tiempo, que era lo único que podía hacer con algo fuera de su alcance.
Habían pasado dos meses cuando Inés recibió una llamada de Lucía, la asistente social; debía verla urgentemente. No tuvo que esperar demasiado, pero ésta no sabía como decirle el motivo por el que le había hecho llegar. Fue muy directa (para qué andarse por las ramas):
–Inés, han encontrado a tu hija con su compañero y la pequeña, en el parque de Las Acacias a medianoche. Nos llamó la policía para entregarnos a la niña y a ellos los llevaron al retén.
“Después todo es lo mejor que podía pasar” pensó ella, sin saber que esto sería el principio del fin.

10.8.09

RENI (6ª parte)

Llegó a casa con el tiempo justo de hacer pasta antes de que Tomás, su marido, se sentase a la mesa.
Como si fuera un milagro, Reni se pasó una semana sin salir a la calle e Inés pensaba “Quizás un hijo le haga recapacitar y por él cambie de vida”. Era su esperanza. Iba con ella a los médicos y también le acompañó a alcohólicos anónimos, pero veía cómo se iba poniendo nerviosa.
Una tarde que salió a dar un paseo con su sobrino y, al llegar, le dijo a su madre:
– Quiero que el padre de mi hijo se quede a dormir aquí ya que está tirado en la calle.
- ¡Por esa no paso! -le contestó Inés-. En casa ya somos cinco personas; además, no quiero tener en casa alguien que para nosotros es un extraño.
Después de una fuerte discusión se fue sin nada. No volvió aquella noche, ni la siguiente, ni ninguna otra. De vez en cuando les decían haberla visto en tal o cual sitio y el estado en que andaba.
A los siete meses de gestación se presentó en la puerta toda mugrienta, pidiéndole que, por favor, le dejara darse un baño. Esa noche se quedó a dormir y, como siempre, su despertar era un volver a la realidad. Bajó hasta el centro encaminándose hasta los Servicios Sociales. Un tanto entrecortada preguntó por Lucía, la asistenta encargada de drogodependencia. Tuvieron una larga charla y le acompañó al medico, justo en la puerta de enfrente.
Reni comenzó el tratamiento, además de las pruebas (análisis, ecografías, etc...) correspondientes a su embarazo. Iba a ser niña. Esto, unido a saber que estaba bien, le llenó de alegría.
Seguía quedándose en casa de su madre y lo llevaba bastante bien pero, una noche, empezó a sentirse mal. Tras llevarla a urgencias, tuvieron que hospitalizarla porque tenía contracciones y sólo estaba de siete meses y medio. Intentaron retener el parto pero fue inútil, a las veinticuatro horas ya había dado a luz.
La niña, aunque estaba bien, tenía poco peso, 2’100 kg y la dejaron en la incubadora. Para Reni fue una contradicción cuando le dieron el alta y tuvo que dejar a su hija allí (aún le faltaba mes y medio). Al preguntarle el pediatra si quería amamanta a su hija, contestó que no, ya que tendría que ir al menos tres veces al día.
De su compañero nada se supo, tampoco ella lo mencionaba para nada. Sandra, la pequeña, se iba recuperando muy rápido mientras Reni cada vez hacía más espaciadas sus visitas. Al cumplir las cinco semanas, llamaron a Inés para decirle que se la podían llevar a casa. Su hija estaba ilocalizable y, al presentarse ella en el hospital, se negaron a entregársela. ¿Cómo hacerlo, si lleva sin saber nada de ella desde hace una semana?

5.8.09

RENI (5ª parte)

Así, unos días más tranquilos y otros menos, fue pasando el tiempo.
Reni empezó a salir a la calle, como un autómata, deambulando de acá para allá sin percatarse de si era día o noche.
Ella tenía una pequeña paga que a penas le daba para vivir pero quería un poco más de independencia y alquiló un pequeño piso, algo deteriorado, en el casco antiguo.
A Inés le iban llegando rumores de que su hija se relacionaba con gente de no muy buena reputación. A veces la veían llegar totalmente ida, sin poder subir las escaleras de un segundo piso sin ascensor; alcohol, droga... A las preguntas de su madre, siempre la misma respuesta: “¡Quiero irme con él! ¡Lo intento y nunca me sale bien!”. Siempre con la misma idea en la cabeza.
Inés iba todos los días a una cafetería, a primera hora. Una mañana, vio llegar a su hija con un joven, pero ¡de que formas! Pidieron una cerveza y el camarero, al ver el estado en que iban, no les quiso servir, con lo cual montaron un escándalo y tuvo que intervenir la policía.
Así fue como empezó una nueva etapa en la vida de Reni (y, como no, de toda su familia).
En plena madrugada, llamaron al portero automático; un sobresalto más. “Debería estar acostumbrada”, pensó Inés. Era ella la que no acertaba a subir los cuatro escalones que había hasta el ascensor.
Al verla, una mezcla de sentimiento se apoderó de ella; no sabía si darle una bofetada, tirarla a la calle o quién sabe qué otra cosa hacer. En los servicios sociales le habían aconsejado que no le diera cobijo; sería la única forma de que reaccionara pero, ¿qué se puede hacer cuando ves a tu hija llegar en tan lamentable estado? El pelo enmarañado, oliendo a orín y empapada hasta las cejas.
Al día siguiente, cuando Inés se disponía a darle el sermón del “día después” una vez más, Reni le dijo: “Para mamá. Desde ahora puedes estar tranquila, todo se acabó, tengo que cuidarme mucho; estoy embarazada”. Así, como si eso fuera una solución mágica. A Inés le flaqueaban las piernas, no acertaba a quedarse en pie. Abrió su monedero, sacó una diminuta pastilla que se ponía debajo de la lengua y salió dando un gran portazo. Se dirigió donde sabía que estaba su “otra” medicina. Allí donde pensaba que era ella la que manejaba la situación.

1.8.09

RENI (4ª parte)

Después tan largo rato de conversación, entrada la noche, se despidió de Sofía dirigiéndose al hotel, a las afueras de Nápoles. Le apetecía caminar para aclarar las ideas, pero no conocía la ciudad y prefirió tomar un taxi.
Cuando entró en la habitación fue directamente a la cama; sólo deseaba tumbarse, cerrar los ojos y dejar pasar las horas. La vida le había hecho pasar por muchos momento difíciles, éste sólo era uno más. Se tomó un tranquilizante, que ya tenía recetado por su médico.

Así fue como despertó, con los rayos de sol dándole en la cara. Sonó el teléfono. Era Reni, habían quedado para comer los cuatro en un restaurante típico muy conocido.
De camino se iba haciendo una pregunta: ¿Cómo enfrentarme ahora a los dos? Pero, al verles, solas llegaron las respuestas: se abrazaron y les dijo que estaba con ellos para todo.
A los tres días, venía de vuelta, esta vez en autobús; ahora no tenía ninguna prisa y no se podía permitir el lujo de volver en avión. Se le hizo muy largo el viaje, casi todo el tiempo lo pasó con los ojos cerrados, pensando en la situación que dejaba atrás; pensando en todo aquello, por unos días, había olvidado los problemas que ya arrastraba hacía años. Luisa, su hija pequeña, también anduvo con las drogas y, cuando lo supieron los servicios sociales, casi le quitan a su hijo de pocos años. Inés ahora tiene a su nieto en acogida hasta que Luisa salga de un centro de rehabilitación; lleva un año y aún le queda otro, si continúa como va.
Por su mente iba pasando como un torbellino cada vivencia, cual película a cámara rápida, incluido su problema personal que, aunque a ella le duela reconocer, está ahí, como los demás; la ludopatía, que es algo que lleva arrastrando desde hace años y que cada vez que aumentaban los contratiempos se hacía más latente.
Una vez que llegó a la rutina de siempre (aunque con más carga a sus espaldas), los días y los meses seguían, las noticias de Reni, cada vez más desesperanzadoras, hasta que un día llegó el fatal desenlace, Adriano, después de varias semanas en fase terminal, falleció.
Reni continuó unos meses más en casa de Sofía a petición de ésta, además se sentía a gusto haciéndole compañía, pero terminó por cansarse. Hizo una llamada a Inés desde Madrid, diciéndole que estaba en camino.
Aun habiendo pasado más de cinco meses, seguía visiblemente apenada, no salía de su habitación, ni quería hablar con nadie. Al verla en ese estado, Inés quiso sonsacarle e intentar que le diera alguna explicación, a lo que ella respondió: “Tengo que irme con él”. Atónita por aquella respuesta tan inesperada, a Inés se le paralizó todo su cuerpo. A consecuencia de esto tuvieron que llevarla a urgencias.

26.7.09

RENI (3ª parte)

La madre de Adriano la recibió con los brazos abiertos, igual que había hecho con Reni años atrás, agradeciendo enormemente aquella visita para así poder aclarar la situación de sus respectivos hijos.
Sofía (que así se llama la madre de Adriano) la citó al día siguiente a media tarde; la hora del café. Allí estaba Inés a las cinco en punto, impaciente por conocer los motivos de tan repentina prisa.
Pulsó el timbre de la puerta e inmediatamente salió Sofía invitándola a pasar. Tenía ya sobre la mesita una bandeja con todo a punto; sólo falta el café, pero se oía el sonido de la cafetera express terminando.
Pidió disculpa a Inés dirigiéndose a la cocina, mientras ésta se quedó de pie, algo cortada, pero aprovechó el momento para observar cada rincón, muebles, cuadros que había en aquél salón tan lleno de luz, el sol parecía hacer carambola en el mar. Estaba tan ensimismada que casi olvidaba el motivo de aquella visita cuando percibió aquel oloroso y humeante café.
Sofía le ofreció pastas, bombones, azúcar... no encontrando el momento de empezar con aquella conversación, pero debía ir directa al grano para así compartir aquel dolor que le atormentaba desde hacía tanto tiempo.
Reni y Adriano, habían salido a dar un paseo por sugerencia de Sofía, quería ser ella la que explicara todo a Inés.
- Mi hijo –empezó diciendo- hace algunos meses, tuvo que dejar de trabajar por problemas de salud y, después de un largo proceso, le diagnosticaron SIDA.
Inés no comprendía como aquella mujer podía mencionar esa palabra sin horrorizarse.
- Para ti es nuevo –dijo Sofía–, pero yo lo tengo asumido. No es fácil, pero me resigno a lo que ello significa. Desde que lo supe sólo tengo un objetivo: hacer que su vida (la que Dios quiera que sea) la lleve lo más agradable posible. Esto lo hemos hablado los tres y ahora lo llevamos con toda normalidad. El llamarte a ti fue en principio, idea mía; me puse en lugar de una chica joven, en un país que no es el suyo y conviviendo con una persona que tiene limitada su vida. La verdad, entendería cualquier decisión que tomara. Hablé claramente con ella exponiéndole mis pensamientos, incluso le dije que, si pensaba dejarlo, lo hiciera ahora que él no está todavía demasiado... deteriorado, digamos. Pero ella no vaciló ni un segundo en contestarme: “No sólo no lo voy a abandonar; estaré con él hasta el último respiro”. Estas palabras fueron algo grande para mí.
Después de tan clara explicación, a Inés le quedó algo rondándole la cabeza: la palabra SIDA. Ella siempre la tenía asociada a droga y no dudó en preguntarle a Sofía. Ésta pronunció sólo una sílaba: Sí. Ya solamente quedaba esperar a que pasara el tiempo, su hija también estaba metida dentro de ese círculo, pero ni sabía hasta qué punto.

22.7.09

RENI (2ª parte)

Preguntó en los círculos donde ella se movía habitualmente, sin obtener nada en claro. Ese día volvió algo cabizbaja, pero no se rendiría; algo en su interior le decía que debía seguir.
A la mañana siguiente, Reni madrugó más que de costumbre y, por fin, Inés pudo entrar a la habitación para airearla, antes del mediodía.
Después abrir las persianas, vio algo en el suelo que le llamó la atención: era un papelito muy bien doblado. Con curiosidad, lo fue desdoblando y pensó: “Quizás pueda hallar una pista”, pero sólo había unas cuantas palabras escritas que, a simple vista, no le decían nada, incluso alguna ni entendía y la dejó encima de la mesilla. Siguió dándole vueltas a la cabeza y, cuando ya se marchaba de la habitación, se vuelve, desdobla el papel y es cuando se da cuenta de que aquellas palabras que no comprendía no estaban escritas en castellano. Entonces recordó la primera impresión que tuvo del chico: era extranjero. “Ya es algo”, pensó.
Vía Mezzocannone -repitió en voz alta- diría que es una palabra italiana. Volvió a dejar la nota en la mesita y salió de la habitación.
Un día llevó a otro día, y fue pasando ese verano. Ella, sin intención de buscarse un trabajo y él, ¡quién sabe de qué vive!
Atando cabos, como se suele decir, pudo saber más adelante que tenía una baja por enfermedad y fue entonces cuando comprendió todo.
Aunque poco a poco se iba enterando de cosas, Inés sabía que algo flotaba en el aire, algo que le traía mal presagio. Será un tópico decirlo, pero las madres poseemos un sexto sentido que rara vez nos falla, y ésta no iba a ser una excepción.
A principios de invierno, llegó a casa un día con aires de completa decisión diciendo a Inés:
- ¡Mamá , me voy a Italia con Adriano!
Su madre, que prefería que fuera una broma, sabía que si lo decía era porque ya lo tenía más que decidido y lo haría.
Casi no le dio tiempo para asimilarlo, porque antes de Navidad se habían marchado.
Al principio, recibía alguna que otra llamada, pero cada vez fueron más distanciadas y siempre tenía su teléfono con las llamadas restringidas. Hasta que, un día, después de cinco lagos años, suena el teléfono y, al descolgarlo, oye la voz de una teleoperadora preguntando si acepta una llamada a cobro revertido. A Inés le golpeaba el corazón, casi visiblemente en el pecho, al oír “procedente de Milán”. Con la voz entrecortada, Reni le decía que la echaba de menos y lo estaba pasando muy mal. Sólo con escuchar aquello, esa llamaba de auxilio, Inés tomó el primer avión que le fue posible y, en dos días, estaba con su hija.

16.7.09

RENI (1ª Parte)

Desde hace años, por mi trabajo, estoy de cara al público, cosa que siempre me gustó. Me atraen las historias personales que, por casualidad, me cuentan (no por puro cotilleo), ya que me llama la atención en una misma situación cómo cada persona puede llegar a afrontar los problemas en su momento. Yo me pregunto: ¿En qué medida nos dirigen, o dirigimos, nuestro destino?
Inés era clienta asidua de mi establecimiento y, poco a poco, creció la confianza entre nosotras; así fue contándome parte de su vida. Fui viviendo la historia con el día a día, me impresionó tanto que me prometí escribir un relato. A mi manera... Así comienza:



Reni, joven de veinte años, acostumbrada a la vida nocturna desde muy niña, residía en una localidad costera donde el turismo alcanza un alto porcentaje de la población.
La noche era para ella (como para gran cantidad de chicas/os de su misma edad) algo mágica y atrevida. Se confundía entre las sombras de las calles estrechas y largas, o con las luces intermitentes de cualquier discoteca. Las primeras veces que acudió a esos lugares, apenas tenía catorce años.
Los guardias de seguridad se le quedaban mirando de arriba abajo sin querer dejarla pasar, pero ella cada vez se las ingeniaba de diferente forma y, al final, entraba.
Antes de salir de casa se aprovisionaba de zapatos altísimos, pintalabios rojo fuerte, un recogido en el pelo que le hacia ser mayor y algo muy importante: unas hombreras que hacían las veces de relleno ya que tenía sus pechos demasiado pequeños.
Inés, su madre antes de salir le decía:
-¿Qué llevas en esa bolsa, Reni?
- Mamá , me llevo el pijama. Sabes que, si se me hace tarde, me quedo en casa de Eva.
- Esta hija mía… -decía mientras movía la cabeza de un lado a otro. Al final optaba por no preocuparse, de todas formas siempre se salía con la suya.
Cada vez se iba haciendo más independiente y adentrándose en un mundo de mayores y, cuando aún no había cumplido los diecisiete años, parecía haber vivido toda una vida. A esa edad había salido con varios chicos, pero nada serio.
A los dieciocho conoció a un joven con el que se veía muy a menudo. A primera vista, parecía que no fuera español (y no es que tuviera importancia, para su madre era una observación): alto, extremadamente delgado, rubio de ojos azules pequeños y visiblemente hundidos, barba muy larga y espesa (con lo que escondía la delgadez de su rostro), manos de finos dedos que, al mirarlas, recuerdan las de un esqueleto.
Reni se iba olvidando de las discotecas y amigas, pero seguía los mismos horarios fuera de casa; sólo la veían en la comida, salía a media tarde, y hasta la madrugada.
Inés por una parte se sentía más tranquila al ver a su hija con una sola persona pero, por otro lado, le preocupaba no saber nada de aquel joven, así que decidió poner manos a la obra e indagar donde fuera preciso.

12.7.09

Pensamientos locos

Rebuscando en mi mente
pensamientos locos,
encojo mi cuerpo en forma fetal,
dirigiéndome al rincón
más oculto de mi casa,
allí donde ni el plumero llega.

Todo es silencio, nadie me ve.

No puedo con tanta carga,
injusticias, egoísmos, indiferencias,
¿dónde nos llevará todo esto?
¿quién de nosotros llegará al final?

6.7.09

Entre dos mundos

¿Qué tu mente alcanzará?
Esa mirada perdida,
ojos de tierra y de mar;
no se si lo entenderá
cuando esboza esa sonrisa
haciéndome emocionar.

Esa, tu estirpe, te adora,
eres centro de sus días,
estás recogiendo ahora
producto de tu semilla.

Sembraste amor y bondad,
la dulzura y simpatía,
hoy lo percibo en tu entorno
porque no te conocía.

Eres un ser especial,
tan ausente y desvalida,
aunque vivas en tu mundo

eres la luz de sus vidas.


Porque tu sonrisa
y tu mirada me
llegaron muy dentro.

1.7.09

Golondrina

En el farol de mi entrada
fina y sigilosa te fuiste a posar,
no sé los motivos,
entre tantos lugares, te vino a gustar.

Trino a trino y broza a broza,
junto con el barro, construyes tu hogar.
Tus desechos, tiras por donde he de pisar,
negra golondrina de bello trinar.

Cuido tu descanso, ave angelical,
con tu compañía siento algo especial,
tu corazoncito oigo palpitar
y ese canto alegre me da su tic tac.

Hoy te echo de menos,
¿por dónde andarás?
¿dónde tus huevitos fuiste a posar,
dejándote el nido a medio terminar?

Temo al cazador que te pueda encontrar,
llegando a ser presa, encuentres tu final,
negra golondrina de bello trinar.

21.6.09

Desde cero

Una desconocida,
en medio de un laberinto
de emociones.

No se qué siento,
o qué he de sentir.

Miro a mi alrededor,
anocheciendo,
ando como loca
si saber el camino a seguir.

Quiero echar a volar las mariposas,
desprenderme de ataduras,
volar entre las nubes
como hago en mis sueños.

Cierro los ojos
hallándome en el centro,
¡Cobarde! Preguntando...
¿por dónde comienzo?

Debería desnudar el alma,
el corazón y la mente,
enfrentándolos cara a cara,
esperando resultados...

Si he de empezar de cero.

16.6.09

Alma y Cuerpo

Hoy me pides...
que agazape a tu cuerpo
mi espíritu,
que, cerrando mis ojos,
mi mente se queda dormida,
que me quede en la cama contigo.

Pero tengo que hacer cosas nuevas.

Hay pinceles que están esperando
mi mano inexperta,
unos versos bailando en mi mente
y unas frases no me dejan quieta,
¡me pides que me quede contigo!
¡¡cual si no me conocieras!!

Sobre tu voluntad va mi decisión
y, aún estando algo dolorido,
hoy te digo que ¡¡arriba!!

que los dos seguiremos unidos.

10.6.09

50º Aniversario

Son 50 años ya:
hoy es vuestro aniversario,
lo vamos a celebrar
mucho mejor que hace años.

Recordaréis ese día
con mucha felicidad,
pero las Bodas de oro
las vamos a superar.

El camino no fue fácil
pero ¿quién se acuerda ya?
fueron años difíciles
que se quedaron atrás.

Entre rosas y espinas
cultivasteis vuestro jardín
el fruto de tantos años
hoy lo tenéis aquí.

Es la mejor recompensa
que os podemos ofrecer:
nuestro amor y compañía
y que os dejéis querer.

Queremos daos las gracias
por vuestro esfuerzo y cariño,
por sacarnos adelante
y mantenernos unidos.

Sois los mejores padres,
insuperables abuelos
y en vuestras Bodas de Oro,
en recompensa, un bisnieto.

28~4~1999

7.6.09

Ese velo


Detrás de ese velo,
su mirada ingenua,
labios sonrientes,
juventud, inteligencia.

Detrás de ese velo,
se esconden las huellas
de clases sociales,
esclavitud y miseria.

Detrás de ese velo,
quieren detenerla,
cortarle las alas
a su mente despierta.

Detrás de ese velo,
un corazón alerta,
sorprende su astucia
rompiendo barreras.